Abbas Kiarostami.
El tráiler del año 2009 culminaba con un fotograma de Rosetta, Premonitoriamente (la obra maestra de los hermanos Dardenne fue estrenada oficialmente en nuestro país en enero de este año) aquella edición anunciaba lo que Serge Daney preconizara hace un tiempo ya:"todo lo que puede ser filmado, todo lo que va a lo, posee por este mismo hecho un mínimo común denominador: su visibilidad”.
El tráiler del año 2010 culmina con la imagen de Terence Davies (niño) en aquél lugar donde la felicidad parecía posible: el cine. El cine que nos mira, el cine que miramos. La película que debemos imaginar a través de la película que nos imagina, que alguien imaginó, que otros seguirán imaginando.
Imágenes fijas, detenidas, robadas a la puesta en escena. Congeladas con la ilusión -eterna, etérea, esquiva- de poder arrebatarle al tiempo su fatalidad inapelable, inequívoca, irreversible.
Durante todo el mes de enero pasado (las funciones tenían lugar todos los miércoles y jueves) se desarrolló la 6ª muestra de cine independiente en la localidad de La Cumbre. Con el respaldo crítico de figuras de excelencia como el crítico australiano Adrian Martin ,el legendario Quintín (como el mismo Martin lo llama) y Jorge García de la revista El Amante, quienes tuvieron a su cargo una sección de recomendaciones. Con una reseña crítica de todas las películas exhibidas en la muestra, cuyo contenido no tiene nada que envidiarle -más bien todo lo contrario- a festivales de mayor importancia de nuestro país ;y no sólo en el nuestro. Con la amabilidad y la eficiencia de Viviana Ollúa y Julián Aubrit, las fotos de Luciana Borrini y, por supuesto, la híper-actividad (febril tal vez sería decir poco) escénica, y tras bambalinas de su artífice Roger Koza -cuyo símil cinematográfico sigue siendo Nanni Moretti ante el estreno de Primer plano- la muestra sigue siendo tan provechosa como imprescindible, tan útil como necesaria.
Y es difícil referirse a ella autónomamente. Al igual que las películas -que cualquier película- tiene tras sí las huellas, las marcas ,la estela de otras ediciones ;y la imaginación, el estudio y el trabajo que se requieren para que ,año tras año ,enero resulte tan emotivo como el placentero interregno de Aquél querido mes de agosto de Miguel Gomes. La misma estación ,diferentes latitudes ;diferentes formas de acercarse al cine,la misma inteligencia para que el cine dentro del cine , el cine desde dentro del cine , aun pueda aspirar a ser un arte popular ,incómodo, subversivo.
Más difícil aún puede resultar se, holísticamente, a su contenido. Se puede comparar, clasificar, jerarquizar los films; agruparlos geográficamente, temáticamente, formalmente (como de hecho la programación de la muestra así lo demuestra). Pero también se puede -que es en realidad lo que verdaderamente importa de este "ver"- entrar en la sala y transitar junto a Ventura su fantasmagórico recorrido por el barrio de Fontinhas en la película-bisagra de la década que es Juventud en marcha de Pedro Costa, o acompañar a Luciano en su periplo por el interior de Portugal tratando de explicar (nos) que significa pensar históricamente, en esa bella lección de cine que es El enigma de Cristóbal Colón de Manoel de Oliveira.
Se puede bailar con Asia Argento (y un perro) en ese brillante delirio musical que es Go Go Tales de Abel Ferrara, redescubrir a un músico genial -opacado por figuras acaso más mediáticamente conocidas- en Fabricando a Tom Zé de Décio Matos Júniors. Maravillarse ante los cuadros-planos de un film tan poético como el poeta (Sayat Nova) del que se ocupa, que es El color de la granada de Sergei Parajanov ,y extasiarse etnográficamente ante la apabullante operística de Opera Jawa (otro de "los" films de la década) de Magroho Garin. Imaginar el pre-capitalismo de provincias en la autoconciencia fílmica de Criada de Matías Herrera Córdoba, o aleccionarse con una feroz sátira hacia el stalinismo, por parte de alguien que "sí" creía en la Revolución: La Felicidad de Alexander Mevdevkin.
Se puede, en fin, seguir amando el cine -con todo lo que ello implica- por medio de la perfectibilidad formal de Luz Silenciosa de Carlos Reygadas, o a través de la poiesis escénica de El largo día acaba de Terence Davies. Y quedan Takeshi Kitano, Claire Denis, Kira Muratova, Eric Rohmer, Andrei Tarkovski...todos ellos custodian la muestra , protegen las imágenes, desestabilizan las miradas.
Lo importante no son los Avatar(es) que deban se, o con cuantos sea necesario coexisitir. Lo que realmente importa es saber que existe este (otro) cine, y que es posible verlo. Sólo se necesita asistir a la próxima muestra para corroborar la existencia de este (otro) mundo. Tal vez sea posible habitar en él.
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